Si es cuestión de sincerarse, nunca sé qué decir cuando ya está todo perdido. Lo que he perdido es la razón. Es cierto, no soy una persona optimista. Pero suelo tener a alguien a mi lado que si lo es; será por eso de que los polos opuestos se atraen. Lo cierto es que no me peino todos los días, pero anhelo tu sonrisa cada día. Siempre llevo cacao encima porque mis labios tienen la manía de agrietarse y de echarte de menos, también. No pierdo los estribos fácilmente, pero cuando los pierdo y exploto, no me aguanto ni yo misma. Prefiero el café al té; salir a quedarme en casa; reír a llorar. Si hay que elegir entre querer o amar, me quedo con sentirte. Sonreír a los problemas en vez de agobiarse, comenzar en lugar de acabar. La verdad es que nunca supe mentir, es una suerte para los demás. Como la suerte que tuve yo de encontrarte, pues igual. 
Debo decir que, la mayoría de las veces, salgo de casa sin las llaves. Sí, soy una de las personas más despistadas que puedas conocer. Pero nunca dejo nada al azar, es tan incierto. Y lo incierto y desconocido da miedo. Aunque cuando se trata de definir y atar cabos, no sirvo. Me hago un lío y prefiero ser amiga del azar, soy indecisa. Que decida él o, si lo prefieres, el destino.
Si tengo que decir la verdad, diré que prefiero los viernes por la tarde contigo a los domingos de resaca sin ti. Creo que, si es por mejorar, que vivan los cambios y las nuevas posibilidades. Odio las probabilidades y la hipótesis nula. Son tan irrelevantes cuando se trata del corazón... Soy de las que piensan que cada persona tiene algo bueno en su interior que ofrecer al mundo y que, mostrarlo en sí, es el mayor de los deleites que uno puede ofrecer al mismo. Y que uno de los mayores placeres de la vida son los pequeños detalles, crearlos o encontrarlos. Inventar o descubrir. Mejorar, saber lo que verdaderamente tiene valor. Otorgándoselo, claro. Definir objetivos, alcanzarlos. Ser capaz de ver lo verdaderamente importante, sentir lo que de verdad merece la pena sentir. Nada más.