Aquella tarde podía esperar que ocurriera cualquier cosa. Quería esperarlo. No es que quisiera que te plantaras en mi puerta, que también. Sino que hicieras lo primero que se te pasara por la mente. Fuera lo que fuera, iba a ser lo mejor del mundo. Pero prefería que surgiera de imprevisto, que aquella tarde me sorprendieras. Me faltaba algo así, espontaneidad. Yo solía ser muy espontánea e imprevisible. Esperaba que cambiáramos esa conversación ensayada y nihilista que tenemos siempre, aunque si lo pienso; si lo esperaba ya no era tan de imprevisto. Aún así bastaba con que te salieras un poco de los planes que siempre diseñas para nosotros que, aunque al principio me parecieran de los más perfectos, llega un momento en que estar a tu lado se me hace demasiado fácil. Porque lo perfecto es, por definición, imperfecto. Lo suficientemente sencillo como para acostumbrarme y confiarme. Me acostumbro a tenerte por costumbre, y a que te acostumbres a mí. Y confío en que no te irás nunca. Lo que quiero es que no exista jamás la monotonía, no está hecha para nosotros. Tener pavor a que te vayas y, por ello, esforzarme para que te quedes. Y que no venga a buscarnos la duda, pues no se inventó para estropear lo que tenemos. Esto tan natural, sencillo y complejo a la par, tanto como lo somos nosotros mismos. Es contradictorio, lo sé. Pero aquello que es extremadamente maravilloso también es terriblemente complicado de explicar, totalmente inefable incluso para mí.
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