Nadie daba un duro por ella. Lo peor es que la culpa no era del resto, sino de ella. No se sentía segura de sí misma, y así, quién iba a sentir seguridad a su lado. Nunca se valoró, así como la valoraban de pequeña cuando era inocente y pueril, por tanto, no iban a valorarla ni admirarla por cómo era ahora si ni siquiera ella se admiraba a sí misma. Nadie se enganchaba a su sonrisa ya, pero porque rara vez la lucía. La desdicha nunca avisa cuando llega, pero deja huella. Y es que, por a o por b, su vida había dado muchas vueltas; la había puesto del revés mil veces y sacudido sin cesar. Tanto que había perdido la ilusión de vivir, la alegría que produce planear el futuro, sólo eso. Aunque no es poco, son las ansias de seguir viviendo; lo elemental. Había veces en las que se quedaba sin ánimos para seguir planteándose metas porque nunca funcionaron, porque ella parecía no funcionar o encajar en este mundo. Y es que a ella nunca le gustó, eso estaba claro. Nunca le gustó hacer planes. Porque se dio cuenta de que, al final, estos nunca salían como previamente planeaba. Optó por dejarse llevar, sonaba demasiado bien. Vivía al límite, decían. Pensando después, actuando primero. Y que eso algún día le traería problemas, claro. Tanto éxtasis y excesos no podían ser buenos. Caer resultaba tan posible y fácil, que ocurría a menudo. Aunque siempre lograba levantarse, mañana tras mañana, golpe tras golpe de desgracia. Nunca se abandonó del todo a otra suerte que no fuera la suya porque nadie daba ya un duro por ella. Hasta que, finalmente, resurgió de entre las cenizas, y lo hizo sola. Porque si no lo hacía ella, nadie más lo haría. Y la vida era demasiado bonita como para acabarla por falta de superación. Cuando siempre se había superado a sí misma, sorprendiéndose de lo fuerte que podía llegar a ser sólo si pensaba que podía serlo si se lo proponía.
Bastaba con que alguien diera una peseta por ella y viera que tras esa fachada de desenfreno y desmesura, aún quedaba mucho por ver.