Esa mañana poco importaba que te plantaras en mi puerta. Tu presencia ya no me aturde como solía hacerlo porque ya no la necesito y, por tanto, tampoco la echo de menos. Ahora lo que tengo es tu ausencia, ya es mía; y me acostumbro a ella más fácilmente conforme pasan los días. Y tan pronto como me olvides, seré feliz. Tú lo fuiste mientras hacías como que me olvidabas, si es que alguna vez tuviste que hacerlo. Aunque para ti no lo sea, no creas que es fácil olvidarse de ti. Casi conseguí olvidarme de la adicción que provocabas en mí, la verdad es que no podía desengancharme, tan rápido como tú lo hiciste, de esa pequeña dosis de droga que me dabas cada día. No sería una droga muy fuerte la mía.
Así que no me pidas que yo sea feliz por el mero hecho de que vuelvas porque ya hace mucho que lo soy sin que estuvieras. Ni aunque ahora me cales y me abrases a la par. Aunque me hables o me mires sin parar. Esto es lo que pienso hoy, claro, pero quizás mañana piense en ti positivamente de nuevo. Hoy algo me dice que no quiero que vuelvas, ni que eso me haga feliz porque seas tú. Lo malo de los sentimientos es que tienden a aflorar sin previo aviso y, a veces, hacia quienes no querríamos. Lo que querría es saber controlarlo/rme. Pero doy por seguro que si te veo, sólo por un segundo, me despiertas y enganchas de nuevo. Cambias mi opinión, tanto como lo has hecho tú decidiendo volver. Pero, ¿sabes qué? Intentaré con todas mis fuerzas evitarlo y evitarte porque no me apetece tener que olvidarte otra vez. Es algo incómodo y duro, y no creo que pueda conseguirlo más de una vez. Porque hoy pienso que eres algo pasado y tan asumido que no molesta ni ronronea como antes lo hacía. Pero eso pienso hoy. Mañana será otro día.
