Los martes 13 solían estar marcados en el calendario, los odiaba. Los redondeaba y tachaba, creía que eso aliviaría la agonía de verlo aproximarse cada día. Y es que eran días que siempre habían estado marcados por la desdicha y la desgracia, la primera hora del día se volvía oscura del recuerdo y duraba hasta medianoche. El recordarte me hacía perder los estribos con frecuencia, echarte de menos ya me desquiciaba, por eso ese día era el peor de todos. Hasta que se convierte en el mejor de todos, claro. Hasta que alguien llega y te demuestra que, no sólo los 13 que coincide con los martes, sino que todos los días son memorables. Que la vida puede ser maravillosa. Teniendo a la persona indicada que te lo demuestre, por supuesto.
Así que ya no soy supersticiosa, ya me dejo llevar. Me di cuenta que el darle demasiada importancia a cosas insignificantes me quitaba tiempo para dedicárselo a lo que de verdad importa, quien de verdad me importa. Por eso hace tiempo que estoy perdiendo el miedo que tenía. Hace tiempo que estoy arriesgándome a caer sólo para saber que se siente al volar. Porque, a veces, lo que crees que sería imposible, aquello que nunca creías que pasaría... Lo improbable e impredecible resulta inmejorable.