No existe el destino, me da que no. No todo está determinado, pues nuestras acciones y decisiones cambian constantemente el rumbo de nuestra vida. Considero que comprender lo que nos ocurre es importante, pero que aceptarlo sin ni siquiera intentar cambiar el resultado mientras se puede, es hipocresía. Además, la ausencia de las pasiones tampoco es que asegure la felicidad; soportar y aguantar inmutablemente todo lo que nos acontece no nos hace más felices, al menos no instantáneamente, aunque tampoco nos hace infelices. Y es que para mí, ya que se vive, vivamos a base de placeres, emociones, pasiones y alguna que otra decisión racional, ya que el rechazo a todo esto hace que no llevemos a cabo una serie de acciones y evita que vivamos acontecimientos que hubiéramos podido vivir de satisfacer el hedonismo que llevamos dentro, lo cual significaría la pérdida de esas pequeñas e inigualables alegrías mientras aguardamos la Gran Felicidad. Que puede que no llegue nunca, por cierto. Y eso no es vivir, es delegar y evitar cualquier resquicio de felicidad que pudieran aportarte esas simples, pero significativas acciones llenas de placer. Aunque bien es cierto que, a la larga, esa satisfacción momentánea puede provocar una consecuencia negativa mayor al placer obtenido como, por ejemplo, cuando se consumen drogas. O viceversa y algo que, a corto plazo, nos llena de embriaguez y desgracia, cuando pasa el tiempo puede beneficiarnos como cuando trabajamos mucho y forzosamente para conseguir algo que, al final, conseguimos. En conclusión, para mí la felicidad está hecha de pequeñas cosas, pequeños detalles que otorgan placer y se pueden encontrar en sitios y momentos inimaginables e inverosímiles tales como un miércoles cualquiera, por la tarde.