La incertidumbre puede causar en nosotros profundos estragos. Provoca el miedo que nos impulsa a detenernos en la toma de una decisión y es que esto hace que, finalmente, no hagamos ni la mitad de cosas que deseamos. El miedo a no saber si nos saldrá bien o mal aquello que decidamos y, sin embargo, en algunos de los casos solo por la extrema y remota posibilidad de que pueda salir bien; lo intentamos. Este es, sin duda, uno de los peores miedos que existen; el de equivocarnos por no saber qué nos deparará el futuro. Porque el miedo, o mejor dicho la fobia a las arañas, por ejemplo, o a montar en avión; puede llegar a superarse. Ni tampoco es tan preocupante el temor que provoca la cada vez más evidente proximidad de un peligro ante nosotros o el terror que puede llegar a sembrar en nosotros, como bien dice su nombre, una película de terror.
Este miedo es diferente, casi comparable al miedo de perder a alguien importante en nuestra vida. El momento en que ves que la estás perdiendo, y que puede que jamás regrese; nos llenamos de incertidumbre. Así que es doblemente terrorífico. Aunque se diga que nunca es tarde, o eso de que lo que bien empieza, bien acaba. En el mientras y en el ahora, sentimos más miedo que cuando nos sentimos perseguidos. Porque es un miedo interior que te cala hasta los huesos, y apenas deja un resquicio para la esperanza.
