Hay momentos en los que perdemos totalmente la esperanza y nada resulta dar suficientes frutos conforme al esfuerzo realizado. Ese es el típico momento en el que cada uno acepta que ha perdido su destino, que el barco ha zarpado, que solo un iluso seguiría insistiendo. Lo cierto es que el mundo está lleno de ilusos e, incluso yo a veces lo soy. Por eso, existen muchos momentos en los que uno solamente puede pretender seguir intentándolo cuando, en realidad, hace bastante tiempo que abandonó la guerra, sólo porque perdió una batalla. Un gran error que cometen los ilusos como yo. Esos son los momentos en los que no puedes parar de pensar que lo mejor sería abandonar. Pero basta una mirada de aliento, un empujón cuando no te quedan fuerzas, unas palabras de ánimo cuando ya está expandida la discordia del todo... para que nada te parezca lo suficientemente complicado como para que sea imposible de superar. Y, por ese motivo, existen momentos en los que te levantas por la mañana con ganas de comerte el mundo, cuando nada es significativamente complejo, aunque estés cansado y abrumado por el fracaso. Y es entonces cuando te das cuenta de que también hay momentos en los que debemos luchar con todas nuestras fuerzas, defender nuestros ideales y desarrollar nuestras ideas hasta el final. A pesar de que haya momentos en los que jamás pensamos lo difícil que podría resultar tal tarea. Y, contra todo pronóstico de éxito, siempre nos aventuramos a lo desconocido.