Siempre quise tener un portal como el que ahora tengo; donde desear, justo en el momento en que desvío la vista para entrar, volverte a ver al día siguiente. Pero vuelves a aparecer, entras conmigo. Y todo está tan oscuro que sólo sé donde estás porque te siento. Siento tu respiración en mi frente, tus brazos rodeándome, tus palabras que hacen eco al rebotar en las paredes… y tu mano. Siempre tu mano, guiándome en la oscuridad.
Amo tantas cosas de mi portal como detesto, no es casa. Pero se asemeja, en el portal parece que estoy en casa. Jamás imaginé que diría esto, pero me alegra sentirme en casa y solo me ocurre contigo. Eres casa. Parece que estoy en ella cuando estoy contigo. Por eso no imaginas ni por un segundo lo que me gusta pintarme los labios de rojo en el ascensor justo antes de verte y así poder dejarte marcado el contorno de mis labios en tu cara. Pero aún me gusta más cuando subes conmigo y disfrutamos del silencio mientras nos miramos reflejados, ambos, en el espejo. O el uno en la cara del otro. Y eso ocurre cuando no te despides, pero últimamente me suena como muy a menudo. Y lo odio, odio las despedidas.