Jugábamos a no saber a qué estábamos jugando. Bastaba sonreírnos ahora, y no mirarnos después. Se nos iba de las manos, a menudo. Me ponías del revés, más de una vez.
Probablemente lo mejor era no preguntar lo que estábamos haciendo el uno con el otro, sólo dejar que ocurriera. Y ocurría, todo el tiempo. En realidad, era de lo más simple: dos palabras, ocho letras. Sólo que, al pronunciarlas, cabía la posibilidad de que fuera entonces cuando todo acabara. Escucharlo en voz alta sonaría demasiado real y directo, demasiado poco nosotros. Somos más complicados que eso, algo fuera de lo común. Los suspiros ya dicen tanto y lo suficiente. Así que, juguemos: el primero que se rinda y lo diga, ya sabes; pierde.
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