Ya no soy supersticiosa. No me creo que el mero hecho de que se nos cruce un gato negro signifique mal augurio para nosotros. Los martes 13 ya no me asustan, no sirve de nada temerles cuando cualquier martes puede ser viernes. Y menos aún cuando empiezas cada día con una sonrisa, sin excepción. Y es que, a partir de ahí, cualquier día puede ser bueno. De la misma forma, tampoco me da miedo abrir un paraguas en casa o, si lo prefieres, en el instituto; está visto y comprobado que eso no nos afecta. O pasar por debajo de una escalera, eso tampoco consigue que se me quiten las ganas de ti. Al contrario, me quedo igual o incluso más colgada de tu sonrisa cuando la atravieso. Y esto tiene fácil explicación, si es que hace falta darla; a la vista está que, teniéndonos, cualquier otra cosa nos sobra ya. Porque cuando el silencio triunfa y las sonrisas hablan, no hay nada que temer.
