Una vez conociste el amor. Lo consumiste tan fuerte, que no volviste a saber de él. Han pasado ya muchos meses, han pasado ya no sé cuántos intentos desde que decidiste comerte el mundo. 
A veces te preguntarás por qué el amor no te da una segunda oportunidad, o por qué tú no se la das, y sin embargo, te sigue llenando la copa de razones inútiles.
A veces te preguntarás por qué el amor no hace una locura por ti, después de las mil y una locuras que has hecho tú por él.
Por las noches, pensarás si alguien te ha escrito una carta y nunca te ha enviado. Entonces te acordarás de todas aquellas cartas que has escrito. Las que regalastes y a las que nunca llegaste a enviar. Las que emocionaron, y las que se perdieron un día de febrero sin sentido.
Ha pasado mucho tiempo desde que mi cabeza no se apoya en un hombro de verdad.
Han pasado muchos domingos sin besos en una boca que querías. Han pasado muchos inviernos diferentes pero con amaneceres perdidos.
Cumpliste dieciocho, seduciste a la ciudad de un trago entre botellas de champagne y autobuses que vienen y van.
La verdad que se puede decir, que ese año te comiste el mundo.
Creciste un poco más y conociste cientos de vidas desde cero.
Algunas siguen ahí contigo, en la habitación de al lado o a cuatro paradas de autobús.
Cumpliste diecinueve y el verano se aproxima con un gran número de planes.
Y ahora, a dos meses de acabar otra página más en la historia de tu vida, le sigues dando vueltas al tejado que no te conviene y al futuro que nunca suele ser claro.
Bocas que te besan y se limitan a rozarte la piel. Tu cabeza, que sólo piensa en la única boca que te roza el endocardio.
En ese tejado a kilómetros de esta habitación. En ese cruce de ojos que cada vez parece más difícil.
Domingos en los que te encantaría apoyar la cabeza en su hombro y que te abrazara. Días en los que irías y cogerías el número ocho, dirección Larios, dejando el tiempo atrás, sin que la vida nos encuentre.