Ella entraba por la puerta cuando él salía. Tanto de noche como de día.
Solía tomar café con pastas en la mesa contigua, silenciosamente y a solas, llena de amor. Por la mañana temprano, cuando el sol aún apenas había salido. Él solía salir sin sentimientos, pero volvía con remordimientos porque compartía una mesa con otras cinco personas; ausente, perdido. Desprovisto de compasión, tal y como el mundo le había tratado a él. Quizá sólo le faltara ver otra parte del mismo, y de él mismo; para entender todo lo que, en realidad, es capaz de sentir. Cuanto amor puede dar, y recibir. Él era aquel que siempre intentaba a toda costa sobrevivir a sí mismo y al mundo, aprovechando todo lo que éste le ofrecía, aunque desvalorizando todas las cosas que le rodeaban. Todas las cosas menos a ella, cuando llegó el momento. Porque sí, llega un momento en que las cosas pierden su sentido si no hay alguien que se lo de, y eso es lo que ocurrió después. Mientras, ella siempre anduvo mejorando la vida de los demás (y mejoró la de él, eso salta a la vista), derrochaba alegría y felicidad por doquier. Siempre, a pesar de que no había nada que le hiciera feliz aún, al menos no plenamente. Y quizá a ella solo le faltara ver desde otro punto de vista cómo podía ser su vida, mejorable teniendo un mejor motivo por el que sonreír.
Por eso es por lo que, finalmente, en él todo el odio fue depurado, cambió su forma de actuar por aquella en la que solo puede ser aquel dichoso con su propia vida. Y ella, por su parte, por fin pudo ser ella misma.
