Cuando hablamos de amor, se nos viene a la mente la silueta de un corazón. Pero no es él quien manda en todo esto. Se trata de nuestra cabeza, nuestro cerebro. Sin embargo, las personas románticas no parecen captar esta idea, o quizás simplemente no quieran aceptarla. Pero es así, y está totalmente demostrado. El corazón solo es un órgano vital de nuestro cuerpo que sufre alteraciones fisiológicas cuando estamos enamorados, porque si es cierto que cuando vemos al objetivo de nuestro deseo, se acelera descontroladamente. El amor gobierna nuestra mente, es más poderosa que todo lo demás y hace que los síntomas a veces parezcan inequívocos. Aunque esto sea así, nadie que haya estado enamorado puede negar que cuando el amor no es correspondido, el corazón duele. Duele de una manera física y a veces insoportable. Aun así, seguimos pensando que el amor es lo que mueve al mundo, y lo buscamos a menudo de manera insaciable, casi de forma desesperada. Cuando parece que no hay nada en lo que creer, en lo que entretener tu vida, te das cuenta de que siempre ha estado ahí, contigo, en cada abrazo de una madre, en cada sonrisa de un amigo, en cada mirada de un hermano... No es exactamente lo que estábamos buscando, pero ¿acaso no es amor? Es AMOR con mayúsculas. De ese que te hace llorar y, a la vez, sonreír. El que hace que los problemas sean mucho más llevaderos. Así que cuando me preguntan que si creo en Dios, siempre digo que no, y la siguiente pregunta que me hacen es... entonces, ¿en qué crees? ¿En qué voy a creer? Para mi nombrar a Dios es solo poner una etiqueta más a un sentimiento. No estoy dispuesta a que me digan lo contrario.