En realidad eso bastaba. En un par de segundos siempre fuiste capaz de levantar mi mundo cuando estaba en mis pies y sacarme una sonrisa de las muchas que saco al verte. Era así. Sólo que nunca dejé permanecer esos segundos, me dediqué a parar el tiempo. Y lo hacía constantemente. Detenía el tiempo justo en el momento en que comenzaba a sentir demasiado, cuando empezaba a ser feliz. La infinita felicidad que te proporciona la simple existencia de otra persona, no más. Tanto que ni yo misma creía la suerte de que fuera recíproco. Parecíamos haberlo planeado y eso me asustaba. Y te perdía. Y con el paso del tiempo éramos cada vez más una causa perdida. O una profecía fallida. Sin embargo, nada es definitivo e irreversible. Eso es lo bueno de la mayoría de las cosas en la vida. Y es que si de verdad quieres cambiar algo, por pequeña o difícil que parezca, es muy probable que puedas hacerlo. Y lo hice, superé mis miedos y la incredulidad de que quieras estar aquí conmigo; nos permití ser felices y afortunados.
